domingo, 9 de febrero de 2014

chocolate con churros

La subnormalidad más profunda alterna con un bien avenido sentimiento primaveral.
Se me sube un no se qué de comerme el mundo por la garganta cuando miro por la ventana, pero sigo sentada en el sofá de mi tía de ochenta años que todo el rato te echa hacia fuera. Nos hizo una visita la semana pasada, ya casi me había olvidado.
Siempre que viene provoca la ola. Es como si su estancia stand by fuese la calma que precede todo lo malo.
El mismo día que dejó Madrid, me rompí el dedo, corazón (se que sobra la coma pero me hace mucha más gracia así. y para algo es mío el texto).
Sí, siempre que se va nos urge un deseo compulsivo de desordenar todo. Como si así afirmásemos que la casa es más nuestra. Es nuestra pequeña reconquista y la vivimos con pasión.
Porque a mí me gusta tener abiertas todas las ventanas. Me refiero a que me gusta retirar las cortinas y subir las persianas. Me vibra el estómago y me dan ganas de soñar, pero ella dice que el sol se come las alfombras y lo cierra todo. Me deja sin habla. Por eso siempre que se va mi casa parece un escaparate y hasta hace frío.
Y eso que el invierno en Madrid es otra cosa. No hay ese viento que no puedes ni entender (es una cosa que me tiene loca, el viento). No, aquí de pronto sucede el milagro, el veranillo, el quéagusticoenterrazaalsolenenero. Y eso da fuerzas para todo, como al mirar desde mi terraza, como al ver el mar. Eso sí le falta, sí.
Seremos la generación de los motivados el día que nos den trabajo. Tantas ganas tantas ganas.
Nunca se ha agradecido tanto. Generación frustrada, en exceso motivada. Eso cómo se come. Los más preparados. Sigo sin entender por qué hay gente que va por el tercer máster. La especialización se hace trabajando, no pagando. Por amor de dios. Eso sí que me deja sin habla.
Ves? Ahora me hacía un peta y me atiborraba de series. En plan parásito máximo, manta de sofá. Y eso que te echa hacia fuera y no hay quien esté sin partirse la columna. A ella le encanta hasta coser aquí. Y comerse sus uvas con queso y su amar en tiempos revueltos y su película, somnífero implacable. (Aunque las ha visto todas, me pregunto si será un superpoder). A ella le gusta  y yo no puedo entenderlo. Habla de comprarme un horno doble pero no un sofá nuevo. Y es como un instrumento de tortura china. Pues aun así y todo y todo podría parasitear aquí toda la tarde de domingo, aunque la bolsa del pan duro esté llena y la luz me recuerde los patos del estanque. Qué bonito es ese parque, eso sí que lo tiene, sí.
No es que las cosas cambien mucho, seguramente sólo es que nos hacemos más conscientes. A lo mejor ese el proceso, conocerse e ignorarse. Pero ¿ignorar este día, esta luz, los patos? Me visto y me voy a patear, se me ocurre que podría conocer a un músico argentino que viniera a pasear la gorra, a hacer la calle. O tal vez a un percusionista senegalés con el que me tome un chocolate con churros y que siempre me guiñe el ojo frente al Corte Inglés de Felipe II. Así, poniendo pequeños anclajes en la gran ciudad para sentirte más en casa. Por qué será que lo que nos echa hacia fuera es capaz de retenernos. Como yo aquí y ahora, en este sofá chino propiedad de una momia maniática y encantadora. La bipolaridad juega en todas las divisiones, vive dios.









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